THE PENDING
BRIDGE
(La muerte
incompleta)
“La vida es lo poco que nos sobra de la muerte” Walt Whitman
Hoy en especial, ha sido una tarde
húmeda, el cielo gris acompaña al ocaso
del día delineando la silueta del olvido. La casona colinda con el pasado de un
verde bosque convertido en una serie de árboles secos cuyas ramas semejan
lanzas.
Todo fue abandonado desde hace varias
décadas. En el pueblo rápidamente se propagó la leyenda sobre aquella casa
abandonada, unos dicen que fue un espíritu del más allá quien vino por las
almas de sus moradores, otros hablan de un asesinato y otros más prefieren no
hablar del tema. En lo que coinciden todos es que quienes habitaban ahí, un
buen día desaparecieron sin dejar rastro
alguno de su partida.
La historia cuenta que una noche de tormenta mientras Lord Kensignton y su
esposa Lady Katsfield cenaban…
Los ojos se me cerraban debido al
cansancio, había sido un día especialmente estresante en la oficina, un virus
logró colarse en los sistemas informáticos y por ende se tuvo que trabajar
prescindiendo de ellos mientras el personal de tecnología de la información
limpiaba los servidores y revisaba todo el sistema.
Cerré el libro y apagué las luces, dando rienda suelta a que
mi cansado cuerpo se entregara al esperado descanso.
Durante la noche mi perro quien
duerme al pie de mi cama ladró
incesantemente como si alguien hubiera
entrado a la habitación, gruñía y se quedaba viendo hacia un punto en especial
para luego seguir ladrando. Me levanté de la cama y casi sonámbulo lo saqué de
la habitación para que me dejara continuar mi estado onírico.
De repente el despertador sonó, sentí como si apenas hubiera pasado un
minuto desde que me volví a dormir. Al entrar en la regadera mi cuerpo no
sentía el agua que corría sobre de él,
me preguntaba si en realidad estaba despierto o era sólo un sueño, quizá
estuviera delirantemente enfermo y mi
alucinación me llevaba a la regadera, cambié el curso del agua a sólo fría y
aun así no sentía nada.
Al salir de casa y subirme al auto
también hubo una sensación como si el coche se manejara por sí mismo, a unos
metros de donde iba conduciendo vi un auto exactamente igual al mio, no hubiera
sido nada especial sino que al ver la silueta de quien lo conducía se semejaba
tanto a mi. Pensé, estos autos son al parecer del gusto del mismo tipo de
personas. Entonces traté de alcanzar a aquel auto pero por más que lo intentaba
en algún momento salía de mi vista y luego lograba verlo nuevamente alejándose y acercándose una y
otra vez provocándome un enorme abatimiento.
El doloroso rechinido de la puerta me despertó
nuevamente, las luces del despertador estaban apagadas, intenté encender la
luz, pero no hubo respuesta, la energía eléctrica se había interrumpido. El
viento soplaba con gran fuerza y la lluvia azotaba las ventanas como queriendo entrar con desespero a la habitación. Los rayos
iluminaban la habitación por segundos, en eso sentí algo húmedo junto a mí. A la
luz del siguiente relámpago pude observar una mancha oscura en mi cama, me
levanté de un saltó y tenté en el buró
para encontrar mi teléfono celular,
dirigí la luz a la mancha, mis manos y las sábanas estaban teñidas de sangre, me encaminé
al clóset y busqué una linterna en la caja de herramientas, a cada rayo que
caía la habitación se iluminaba y sobresalían las manchas de la cama y de mis
manos. Por fin encontré una pequeña linterna, al encenderla su luz
se esfumó casi de inmediato, la lluvia y el viento parecían querer
llevarse todo a su paso, como pude me dirigí a la cocina y en uno de los
cajones encontré una vela misma que encendí con el fuego de la estufa. Mi perro
gruñía y al dirigir la luz hacia él sus ojos parecían reflejar un brillo poco
usual. La puerta de entrada de la casa tenía rastros de haber sido golpeada a punta de hachazos, en
eso la estancia se iluminó por las luces de un auto que llegaba. Me asomé por
la ventana y vi lo que parecía ser mi propia silueta manejando mi auto. Quise
salir pero la puerta estaba atrancada,
en el suelo se encontraba el hacha que
mostraba resquicios de sangre, la tomé por el mango, corrí a una de las
ventanas y me dispuse a darle un
buen golpe, en eso un rayo cayó justo en el techo de la casa, todo se cimbró, por
el impacto los vidrios de las ventanas se desquebrajaron y entró una estela
brillante de humo que se introdujo por mis fosas nasales; de inmediato sentí
una punzada en mi vientre, debajo de la piel sentía algo viviente que se movía con
urgencia, era una mano que luchaba por
salir, subía y bajaba como buscando la manera de encontrar una escapatoria. De
nuevo un relámpago me cegaba, al mover
mi brazo para tapar la luz con mi mano mis ojos no podían creer lo que veían,
mi mano había sido amputada y el hacha
se encontraba a mis pies con restos de
sangre. Afuera salía del auto aquella silueta que semejaba a la mía, el
torrencial aguacero y la escaza luz apenas permitía ver con claridad de quién se trataba. Escuché
como la cerradura de la puerta
comenzaba a girar, me desesperaba
la oscuridad, di un paso atrás esperando ver
como se abriría la puerta.
Unas voces al otro lado indicaban que eran varias personas quienes
intentaban entrar; con la única mano que me quedaba tomé el hacha para recibir
a los intrusos.
La puerta se abrió de
par en par y de un golpe las luces se encendieron, la escena cambió, todo lucía
diferente, estaba en mi casa frente a esa puerta pero todo había cambiado en un
segundo.
Un par de niños un tanto
adormilados cargando sus juguetes entraban junto a una mujer. – Váyanse directo a la regadera y se ponen sus pijamas mientras les preparo
algo de cenar, les decía aquella mujer
que al parecer era su madre. Atrás venía un hombre llevando unas bolsas del
supermercado. La lluvia había cesado por
completo, de hecho no había rastro de lluvia, al entrar aquel hombre quien
curiosamente tenía mi misma complexión
no me vio como tampoco se percataron de mi presencia su mujer e hijos;
siguieron su camino y cuando estaban a punto de estrellarse contra mi pasaron a
través de mi cuerpo. No daba crédito a
lo que pasaba, seguro era una terrible pesadilla, de la que por alguna razón no podía
despertarme, corrí a mi recámara con la peregrina idea de que al regresar a mi
cama encontraría la manera de despertar; todo había cambiado, los muebles eran otros,
mis libros habían desaparecido por completo, las paredes tenían un tapiz que me
parecía de pésimo gusto, había un espejo
enorme que colgaba de la pared, me paré frente a él pero no me reflejaba,
estaba aterrado, no entendía que pasaba, veía como mis ropas estaban
deshilachándose y tenían huellas de moho. Me llevé la única mano que tenía a la
cara y vi que mi piel era una delicada capa de pellejo seco. Los
niños corrían y pasaban a través de mi casi etéreo cuerpo que poco a poco se
iba desintegrando, al ver hacia abajo sentí como se desprendía uno de mis ojos
y caía al suelo como una canica. Di la
vuelta y en el quicio de la puerta vi a uno de los niños que se quedaba quieto
como si pudiera verme, soltó de gritos desesperados, sentí vergüenza de mí
mismo, no quería ser visto; en qué me había convertido. De inmediato llegó la
madre del niño y lo calmó, ambos
dirigieron su mirada hacia donde yo me encontraba, - cálmate Robertito, es sólo
una araña. El arácnido corrió por la pared que se encontraba detrás de mí
cuando percibió la cercanía del golpe mortal con una pantufla.
No entendía qué había pasado, quién
era yo en realidad, nada me pertenecía, mi cuerpo parecía abandonarme, la
incertidumbre me abrumaba, el juego de mi mente se preguntaba una y otra vez en
qué me había convertido. Quise salir corriendo de ese lugar que ya no era mío,
pero las paredes y las puertas me repelían. Quién era yo, me preguntaba, lo que
me definía había desaparecido, yo mismo estaba descomponiéndome pedazo a
pedazo.
Corrí hacia el patio y me encontré con un perro que tampoco era el
mío, el animal parecía verme, era un perro peludo de tamaño mediano,
seguramente adoptado ya que no presentaba una raza clara. Con sus ojos puestos
sobre el único ojo que a mi me quedaba, ladró con insistencia hasta que salió
su dueño y lo reprimió por el ruido que hacía.,
- “ tranquilo perrito , tranquilo , no te voy
a hacer nada” , le dije; esa frase sonó en mi mismo más que trillada, pero al
parecer el perro lo creyó y se calmó, luego a pasos sigilosos se acercó a mí
mientras yo le llamaba. Ya que estaba
junto a mí movió su cola peluda demostrando su confianza y alegría,
levantaba su hocico como haciéndome señas y a brincos
me indicaba que lo siguiera, así
lo hice, el perro corrió hacia uno de
los muros y a mi sorpresa lo traspasó,
me detuve y toqué el muro esperando que
me repelara como había sucedido con los otros muros de la casa, sin embargo vi
como mi brazo se hundía en aquella pared, de repente me vi entrando en un túnel,
el perro ladraba y me rodeaba para que
no me apartara mucho de él. A dónde
dirigía aquel túnel, de hecho no era un túnel muy común ya que no se escuchaba
ningún eco y la temperatura era en sí inexistente, el perro ladraba de con un
tono de alegría, como si fuera a algún lugar conocido.
A lo lejos se veía una
luz, me apresuré para llegar a esa intensa emisión, pero al siguiente paso una
mano salió del suelo y me jaló
hacia ella hundiéndome en una especie de pantano, de nuevo todo era
oscuridad, arriba sólo se escuchaban los ladridos de aquel perro , el cuerpo
decadente que alguna vez fue mío me
pesaba más, quería deshacerme de él, lo viscoso de ese especie de pantano hacía
que la carga fuera aún mayor, al intentar
moverme para salir a la superficie mis miembros se iban resquebrando primero
mis piernas, luego lo que quedaba de mis brazos, mi tórax tan
fuerte en otro tiempo se desintegraba en cada intento de mantener mi YO
decadente.
Los ladridos se escuchaban
cada vez más cercanos, sentí como unos dientes tiraban de lo que quedaba
de mí hacia la superficie, era aquel
perro, ahora alado que con premura me llevaba en su lomo hacia el final del
túnel que estaba por cerrarse, a toda velocidad volaba hacia la luz a la vez
que lo que quedaba de mi marchito cuerpo se iba desintegrando, llegamos al
final del túnel y nos encontramos con un mar que centellaba varios azules nunca
antes vistos, sin palabras el perro alado me dijo que a ese lugar se le conoce
como el cauce donde se encuentra la vida
y la muerte, le llaman el mar del
perdón.
Al fondo un resplandor
celestial nos esperaba. La vida y la muerte deben fluir, me dijo, y así me dejé
llevar.
Eduardo Sastrías




