domingo, 2 de diciembre de 2012

THE PENDING BRIDGE ( La muerte incompleta)




THE PENDING BRIDGE

(La muerte incompleta)

 

                    “La vida es lo poco que nos sobra de la muerte”  Walt Whitman

 

Hoy en especial, ha sido una tarde húmeda,  el cielo gris acompaña al ocaso del día delineando la silueta del olvido. La casona colinda con el pasado de un verde bosque convertido en una serie de árboles secos cuyas ramas semejan lanzas.

Todo fue abandonado desde hace varias décadas. En el pueblo rápidamente se propagó la leyenda sobre aquella casa abandonada, unos dicen que fue un espíritu del más allá quien vino por las almas de sus moradores, otros hablan de un asesinato y otros más prefieren no hablar del tema. En lo que coinciden todos es que quienes habitaban ahí, un buen día desaparecieron  sin dejar rastro alguno de su partida.

La historia cuenta que una noche  de tormenta mientras Lord Kensignton y su esposa Lady Katsfield cenaban…

Los ojos se me cerraban debido al cansancio, había sido un día especialmente estresante en la oficina, un virus logró colarse en los sistemas informáticos y por ende se tuvo que trabajar prescindiendo de ellos mientras el personal de tecnología de la información limpiaba los servidores y revisaba todo el sistema.

Cerré el libro  y apagué las luces, dando rienda suelta a que mi cansado cuerpo se entregara al esperado descanso.

Durante la noche mi perro quien duerme al pie de mi cama  ladró incesantemente  como si alguien hubiera entrado a la habitación, gruñía y se quedaba viendo hacia un punto en especial para luego seguir ladrando. Me levanté de la cama y casi sonámbulo lo saqué de la habitación para que me dejara continuar mi estado onírico.

De repente el despertador  sonó, sentí como si apenas hubiera pasado un minuto desde que me volví a dormir. Al entrar en la regadera mi cuerpo no sentía el agua que corría sobre  de él, me preguntaba si en realidad estaba despierto o era sólo un sueño, quizá estuviera delirantemente  enfermo y mi alucinación me llevaba a la regadera, cambié el curso del agua a sólo fría y aun así no sentía nada.

Al salir de casa y subirme al auto también hubo una sensación como si el coche se manejara por sí mismo, a unos metros de donde iba conduciendo vi un auto exactamente igual al mio, no hubiera sido nada especial sino que al ver la silueta de quien lo conducía se semejaba tanto a mi. Pensé, estos autos son al parecer del gusto del mismo tipo de personas. Entonces traté de alcanzar a aquel auto pero por más que lo intentaba en algún momento salía de mi vista y luego lograba verlo  nuevamente alejándose y acercándose una y otra vez provocándome un enorme abatimiento.

 

El doloroso  rechinido de la puerta me despertó nuevamente, las luces del despertador estaban apagadas, intenté encender la luz, pero no hubo respuesta, la energía eléctrica se había interrumpido. El viento soplaba con gran fuerza y la lluvia azotaba las ventanas como queriendo  entrar con desespero a la habitación. Los rayos iluminaban la habitación por segundos, en eso sentí algo húmedo junto a mí. A la luz del siguiente relámpago pude observar una mancha oscura en mi cama, me levanté de un saltó y  tenté en el buró para encontrar mi teléfono celular,  dirigí la luz a la mancha, mis manos  y las sábanas estaban teñidas de sangre, me encaminé al clóset y busqué una linterna en la caja de herramientas, a cada rayo que caía la habitación se iluminaba y sobresalían las manchas de la cama y de mis manos. Por fin encontré una pequeña linterna, al encenderla  su luz  se esfumó casi de inmediato, la lluvia y el viento parecían querer llevarse todo a su paso, como pude me dirigí a la cocina y en uno de los cajones encontré una vela misma que encendí con el fuego de la estufa. Mi perro gruñía y al dirigir la luz hacia él sus ojos parecían reflejar un brillo poco usual. La puerta de entrada de la casa tenía rastros de  haber sido golpeada a punta de hachazos, en eso la estancia se iluminó por las luces de un auto que llegaba. Me asomé por la ventana y vi lo que parecía ser mi propia silueta manejando mi auto. Quise salir  pero la puerta estaba atrancada, en el suelo se encontraba  el hacha que mostraba resquicios de sangre, la tomé por el mango, corrí  a una de las  ventanas  y me dispuse a darle un buen golpe, en eso un rayo cayó justo en el techo de la casa, todo se cimbró, por el impacto los vidrios de las ventanas se desquebrajaron y entró una estela brillante de humo que se introdujo por mis fosas nasales; de inmediato sentí una punzada en mi vientre, debajo de la piel sentía algo viviente que se movía con urgencia, era  una mano que luchaba por salir, subía y bajaba como buscando la manera de encontrar una escapatoria. De nuevo un relámpago  me cegaba, al mover mi brazo para tapar la luz con mi mano mis ojos no podían creer lo que veían, mi mano había sido amputada  y el hacha se encontraba  a mis pies con restos de sangre. Afuera salía del auto aquella silueta que semejaba a la mía, el torrencial aguacero y la escaza luz apenas permitía  ver con claridad de quién se trataba. Escuché como la cerradura de la puerta  comenzaba  a girar, me desesperaba la oscuridad, di un paso atrás esperando ver  como se abriría la puerta.

Unas voces al otro lado  indicaban que eran varias personas quienes intentaban entrar; con la única mano que me quedaba tomé el hacha para recibir a los intrusos.

La puerta se abrió de par en par y de un golpe las luces se encendieron, la escena cambió, todo lucía diferente, estaba en mi casa frente a esa puerta pero todo había cambiado en un segundo.

Un par de niños un tanto adormilados cargando sus juguetes entraban junto a una mujer.               – Váyanse directo a la regadera  y se ponen sus pijamas mientras les preparo algo de cenar, les  decía aquella mujer que al parecer era su madre.  Atrás  venía un hombre llevando unas bolsas del supermercado.  La lluvia había cesado por completo, de hecho no había rastro de lluvia, al entrar aquel hombre quien curiosamente tenía mi misma complexión  no me vio como tampoco se percataron de mi presencia su mujer e hijos; siguieron su camino y cuando estaban a punto de estrellarse contra mi pasaron a través de mi cuerpo.  No daba crédito a lo que pasaba, seguro era una terrible pesadilla,  de la que por alguna razón no podía despertarme, corrí a mi recámara con la peregrina idea de que al regresar a mi cama encontraría la manera de despertar;  todo había cambiado, los muebles eran otros, mis libros habían desaparecido por completo, las paredes tenían un tapiz que me parecía de pésimo gusto,  había un espejo enorme que colgaba de la pared, me paré frente a él pero no me reflejaba, estaba aterrado, no entendía que pasaba, veía como mis ropas estaban deshilachándose y tenían huellas de moho. Me llevé la única mano que tenía a la cara y vi que mi piel era una delicada capa de pellejo seco.   Los niños corrían y pasaban a través de mi casi etéreo cuerpo que poco a poco se iba desintegrando, al ver hacia abajo sentí como se desprendía uno de mis ojos y caía al suelo como una canica.  Di la vuelta y en el quicio de la puerta vi a uno de los niños que se quedaba quieto como si pudiera verme, soltó de gritos desesperados, sentí vergüenza de mí mismo, no quería ser visto; en qué me había convertido. De inmediato llegó la madre del niño y lo calmó,  ambos dirigieron su mirada hacia donde yo me encontraba, - cálmate Robertito, es sólo una araña. El arácnido corrió por la pared que se encontraba detrás de mí cuando percibió la cercanía del golpe mortal con una pantufla.

No entendía qué había pasado, quién era yo en realidad, nada me pertenecía, mi cuerpo parecía abandonarme, la incertidumbre me abrumaba, el juego de mi mente se preguntaba una y otra vez en qué me había convertido. Quise salir corriendo de ese lugar que ya no era mío, pero las paredes y las puertas me repelían. Quién era yo, me preguntaba, lo que me definía había desaparecido, yo mismo estaba descomponiéndome pedazo a pedazo.

Corrí hacia el patio  y me encontré con un perro que tampoco era el mío, el animal parecía verme, era un perro peludo de tamaño mediano, seguramente adoptado ya que no presentaba una raza clara. Con sus ojos puestos sobre el único ojo que a mi me quedaba, ladró con insistencia hasta que salió su dueño y lo reprimió por el ruido que hacía.,

 - “ tranquilo perrito , tranquilo , no te voy a hacer nada” , le dije; esa frase sonó en mi mismo más que trillada, pero al parecer el perro lo creyó y se calmó, luego a pasos sigilosos se acercó a mí mientras yo le llamaba.  Ya que estaba junto a mí movió  su cola  peluda demostrando su confianza y alegría, levantaba su hocico como haciéndome señas  y a  brincos  me  indicaba que lo siguiera, así lo  hice, el perro corrió hacia uno de los muros  y a mi sorpresa lo traspasó, me detuve  y toqué el muro esperando que me repelara como había sucedido con los otros muros de la casa, sin embargo vi como mi brazo se hundía en aquella pared, de repente me vi entrando en un túnel, el perro ladraba  y me rodeaba para que no me apartara mucho de él.  A dónde dirigía aquel túnel, de hecho no era un túnel muy común ya que no se escuchaba ningún eco y la temperatura era en sí inexistente, el perro ladraba de con un tono de alegría, como si fuera a algún lugar conocido.

A lo lejos se veía una luz, me apresuré para llegar a esa intensa emisión, pero al siguiente paso una mano  salió del suelo  y me jaló  hacia ella hundiéndome en una especie de pantano, de nuevo todo era oscuridad, arriba sólo se escuchaban los ladridos de aquel perro , el cuerpo decadente  que alguna vez fue mío me pesaba más, quería deshacerme de él, lo viscoso de ese especie de pantano hacía que la carga fuera aún mayor,  al intentar moverme para salir a la superficie mis miembros se iban resquebrando primero mis piernas, luego lo que quedaba de mis brazos,  mi tórax tan  fuerte en otro tiempo se desintegraba en cada intento de mantener mi YO decadente.

Los ladridos  se escuchaban  cada vez más cercanos, sentí como unos dientes tiraban de lo que quedaba de mí  hacia la superficie, era aquel perro, ahora alado que con premura me llevaba en su lomo hacia el final del túnel que estaba por cerrarse, a toda velocidad volaba hacia la luz a la vez que lo que quedaba de mi marchito cuerpo se iba desintegrando, llegamos al final del túnel y nos encontramos con un mar que centellaba varios azules nunca antes vistos, sin palabras el perro alado me dijo que a ese lugar se le conoce como el cauce  donde se encuentra la vida y la muerte,  le llaman el mar del perdón.

Al fondo un resplandor celestial nos esperaba. La vida y la muerte deben fluir, me dijo, y así me dejé llevar.

 

Eduardo Sastrías