
| De súbito te hiciste presente aturdiendo los canales de mi ser. Amordazaste mi alma entonces vulnerable para someterla a tu arrojo. La quietud y el movimiento fundaron su reyerta alegórica previa al cortejo extenuante que con tu mano asfixiaste. Y en la cima de la colina tus brazos levantaste, llevando en tus sienes el laurel de tu apócrifa victoria mientras la faja ceñía el rictus de tu disfraz. Tu patética facha hendía en mis ojos La daga de tu cruel frenesí. No era más yo, tu helado aliento entró por mi boca dejando el ocre sabor de la muerte. Eduardo Sastrías |
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